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En una entrevista es vital poder narrar de manera breve, ordenada y muy vendedora nuestra historia de vida profesional, incluyendo nuestros principales logros y resultados. Hacerlo marcará la diferencia en cualquier búsqueda de empleo, reunión de contactos o de negocios donde queramos darnos a conocer de la mejor manera posible!
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Cuando estamos frente un entrevistador, además de poder demostrarle la buena disposición y el talento que poseemos, también es necesario que nos interesemos por cómo se siente esta otra persona. Es básico establecer una relación en donde nuestro posible empleador se sienta cómodo con nosotros. Siempre míralo a la cara y lee sus gestos. Recuerda que todas las personas empiezan a valorarnos por la forma en que las hacemos sentir.
Generando química en la entrevista
A veces nos pasan cosas duras. Situaciones que nos toman por sorpresa y redefinen nuestra vida en un instante. Que dejan toda noción de normalidad en el pasado, abriéndonos a una enorme incertidumbre, que nos confunde y asusta sin piedad.
Todos hemos vivido experiencias personales o profesionales que nos obligan a sacar nuestro lado fuerte para no perder más de lo que la vida nos quiere quitar.
Yo lo veo ahora con Jimena. Pero esta no es una historia sobre su batalla contra la adversidad. No me toca hacerlo en este espacio ni ella quisiera que lo hiciera.
Esta es más bien una reflexión muy personal sobre lo que veo como testigo de excepción del real e inmenso poder de la actitud. Y de lo que esa actitud de lucha y esperanza bien llevada es capaz de hacer por el protagonista de la batalla y por todos a los que nos toca acompañarlo en su difícil travesía.
Porque cuando pasan cosas difíciles, lo más fácil es convertirse en víctima. Yo lo veo en mi trabajo cuando las empresas hacen cambios que afectan las carreras de sus empleados. En esas circunstancias algunos abusan de su legítimo derecho a maldecir lo sucedido, de entregarse al desánimo o de rebelarse volcando su mal humor en los demás. Esa actitud equivocada demora la recuperación, destruye el espíritu y daña a quienes conviven con el afectado.
No es el caso de Jimena. Ni de otros como ella que escogen enfrentar la adversidad con verdadera buena actitud, determinados a sobrellevar con valentía y buen ánimo cada obstáculo por difícil que sea, sin mirar atrás ni por un instante. Y esa actitud no es ni remotamente resignación pasiva. ¡Es una fe feroz en que todo saldrá bien!
Es la intensidad de esa certeza, de esa fe interior, la que inspira no solo el respeto y la admiración profunda de quienes vamos a su lado, sino la que nos motiva a sentirnos igual de valientes, enteros y esperanzados.
Dicen que esas experiencias duras definen a las personas en su verdadera condición. Yo creo que es la actitud con la que escogen vivir esas experiencias la que las define realmente, especialmente cuando esa actitud es capaz de generar e inspirar en los demás un enorme círculo virtuoso de coraje y valor.
El inmenso poder de la actitud
Cuando uno es jefe de varios empleados siempre es recomendable sentarse con ellos de vez en cuando para saber qué pensamientos son los que están pasando por su cabeza. Así, las preguntas: ¿Qué meta tienes por delante?, ¿qué problemas u oportunidades tienes para cumplir ese reto? y, la más importante, ¿en qué te puedo ayudar? deberían ser tres consultas claves en nuestras relaciones interpersonales con los demás trabajadores.
Las tres preguntas del líder
Imagine el día que en el Perú muchas de las postas médicas rurales sean levantadas por el comerciante al que le va bien, las losas deportivas por el emprendedor exitoso y los comedores populares por el ejecutivo que triunfa en lo suyo.
Imagine ahora el gran hospital donado por los señores B; el museo por el patrón de las artes, el Sr. V; el teatro por su benefactora, la Sra. H; y la red de colegios gratuitos por el ahora filántropo Sr. R (¡obviamente de los que más tienen esperamos más!).
¿Falta mucho para ese día? No lo creo. En general, los peruanos somos generosos y solidarios, especialmente los de menores recursos y, cada vez más, los jóvenes. Además, las empresas, vía proyectos de responsabilidad social, vienen haciendo mucha obra social.
Pero en lo que aún tenemos que trabajar es en grabar en nuestro ADN cultural el valor de la obligación personal de retribuir voluntariamente a la sociedad lo que ella nos da.
¿Cómo lograrlo? La semana pasada Warren Buffett, uno de los hombres más ricos del mundo, hizo un llamado a los billonarios de su país a no solo donar sus fortunas, sino a hacerlo públicamente para modelar conductas aspiracionales, alentando a otros a hacer donaciones.
Por mucho tiempo en nuestro país abundaron las razones por las que muchos se abstuvieron de retribuir a una sociedad que tampoco les cumplía. El caos y la inseguridad económica, política y ciudadana llevaron a muchos a desconfiar del sistema y ahorrar fuera del país en legítima búsqueda de seguridad.
Sin embargo, hoy estamos viviendo en una nueva sociedad más próspera y más comprometida, que viene orgullosamente redefiniendo su peruanidad, identidad y valores.
Este momento nos da la oportunidad de convertirnos en una sociedad capaz de retribuir lo recibido. Una nación que celebra el poder de la generosidad como la mejor manera de trascender.
Es una buena oportunidad también para modelar un cambio hacia una cultura en que empresarios, ejecutivos y personas de todo nivel se definan por las obras y proyectos que apoyan con dinero, tiempo o ideas. Y que sean admirados y reconocidos por lo que generosa y desinteresadamente dan a la sociedad, sin esperar a ser ricos para contribuir.
¿Los peruanos somos generosos?
Los años de experiencia de un trabajador en su empresa fueron considerados, durante muchos años, bienes de incalculable valor, llaves de seguridad que lo mantenían en su puesto, inalterable, por los años de los años. Hoy en día, sin embargo, nada ni nadie puede garantizarnos un puesto seguro: ni el más trabajador, ni el mejor conectado está libre de quedarse sin trabajo en cualquier momento. Las empresas cambian de estrategias y objetivos, de perfiles para los puestos o de accionistas y dueños con tanta frecuencia que ni el más capaz puede asegurar que el próximo año tendrá la misma posición.
La “seguridad” se basa hoy en la calidad del trabajo, en la capacidad para adaptarse a los cambios e incluso de adelantarse a ellos, en la capacitación constante y en los deseos de hacer las cosas bien. Por tanto, manejar nuestra carrera como si fuera nuestro mejor negocio propio es la mejor manera (y única) de estar “seguros”, es decir, de mantenernos empleables. ¡Es convertirnos en empresarios de nuestra carrera!
¿Qué nos hace más empleables? Primero la performance, es decir la capacidad de agregar valor y de desarrollar las competencias requeridas para encontrar o mantener un espacio de contribución profesional cuando y donde es necesario. Y tener muy claro cuál es el valor que aportamos, cuál es la contribución al resultado que damos, cuáles son los logros que vamos generando. La clave es, cada noche al salir de la oficina, tener muy claro qué valor agregamos para cumplir la misión ese día, qué hemos aprendido y qué hemos logrado. Hacerlo del mismo modo que lo haría un vendedor de servicios, que se mide por resultados y no el tiempo que pasó en las calles. ¡Contribuir es la clave! Además, nos pagan por generar resultados, no por ir a trabajar…..y si no aportamos, estamos engañando a alguien… Es importante medir esos resultados y aportes cada mes y tener un claro resumen anual (el que se introduce en nuestro siempre vigente currículo vitae)
Desarrollar permanentemente nuevas habilidades es fundamental. Evaluar nuestras competencias e indagar sobre lo que necesita el mercado es clave para crecer. El mercado no es un ente estático, sino que sufre constantes cambios, a los cuales hay que estar atentos para no rezagarse. Es importante trazarse un plan de desarrollo permanente y reinventarnos a nosotros mismos, evitando caer en la trampa del éxito.
En la era de la globalización, todo profesional debe pensar que el patrón de referencia con que se le mide se encuentra en el mercado internacional. Si no estamos bien preparados, corremos el riesgo de que nos hagan a un lado, porque nadie puede vender un producto que no está vigente. Del mismo modo, un profesional que no se ha preocupado por mantenerse actualizado se queda totalmente al margen, nadie lo contrata. En este sentido, el perfeccionamiento y la capacitación son las llaves para abrirnos las puertas del conocimiento. Hace unos años se creía que el entrenamiento y la capacitación eran responsabilidad exclusiva del empleador, hoy se sabe que la responsabilidad principal recae sobre el empleado. Es uno el responsable de su empleabilidad, no la empresa.
La capacidad de adaptarse a los cambios es vital. Pero muchas veces, en ambientes donde hay mucha incertidumbre, algunas personas creen que se afianzan rechazando los cambios, cuando en realidad lo único que logran es poner en riesgo su trabajo. Los cambios sirven generalmente para mejorar la productividad en las empresas; no hay que negarse a ellos, sino tratar de adaptarse lo más rápido posible. Eso, obviamente en la medida que los cambios estén alineados con nuestra ética y misión y valores personales. Hay que ser flexibles y adaptables: los cambios, si logramos verlos positivamente, traen muchas veces interesantes posibilidades de desarrollo.
Nuestra actitud para comprender el mercado laboral, para contribuir, para aprender y cambiar, será clave para nuestra real empleabilidad.
Empresarios De Nuestra Empleabilidad
Una de mis amigas más exitosas de la universidad se casó con un tipo popular, de esos que llegaban con su tabla en el techo del auto. Pasaron los años y ella se sintió tan "segura" en su vida de casada que terminó descuidando muchas cosas fundamentales: la relación con su esposo, su desarrollo y cuidado personal, sus amigas. "¿Ya para qué?", nos decía. "Él tampoco es quien solía ser", decía justificando su propia actitud, al tiempo que se quejaba de su vida, su soledad y, por supuesto, de su marido.
Lamentablemente, y como suele suceder, él encontró a otra que sí lo hacía sentir bien. Mi amiga quedó devastada: nunca se imaginó que esto le podía pasar a ella. Le tomó más de un año recobrar su autoestima y seguridad. Felizmente, se puso de pie, regresó a la universidad, al gimnasio y hasta volvió a ser regia. Más le costó recuperar a sus amigas, que ya casi la habíamos olvidado. Comenzó a salir nuevamente, conoció a alguien y empezó una nueva vida que prometía ser mejor.
Sin embargo, una vez estable en esta nueva relación, volvió a descuidarse a sí misma, a su relación y hasta a sus amigas. ¡Cometió dos veces el mismo error!
En el mundo del trabajo, casi a diario nos encontramos con situaciones muy parecidas: personas que encuentran en el hecho de no sentirse a gusto en su trabajo la justificación perfecta para abandonar su desarrollo personal y descuidar su perfil profesional.
Se dejan ganar por la rutina y el desánimo y descuidan su vigencia y competitividad. No generan logros ni resultados por el puro descontento que sienten. ¡Entran en un círculo vicioso y se hacen trampa a sí mismas saboteando sus aspiraciones!
Otros se autojustifican en la falta de tiempo o el exceso de trabajo para descuidar sus relaciones dentro y fuera del entorno laboral. No desarrollan redes de confianza con amigos, colegas y contactos, y terminan "escondiéndose". Olvidan que no hay peor pecado para una carrera que desaparecer.
¿Qué hacen los exitosos? Se mantienen atentos a las realidades del mercado laboral, poniéndose metas claras y ambiciosas que revisan permanentemente. Actualizan sus perfiles y adquieren nuevas habilidades y destrezas competitivas. Saben que no hay trabajo ni situación segura: agregan valor y llevan el registro de sus logros en un currículo siempre actualizado. No descuidan jamás sus relaciones y cuidan su reputación de buenos trabajadores con jefes, colegas, subordinados, clientes y proveedores.
Los profesionales exitosos hacen contactos participando en actividades gremiales e institucionales, asisten a cursos y colaboran en actividades de responsabilidad social de impacto nacional. Nunca usan su eventual desánimo, problemas con el jefe o mal sueldo como excusa para sabotear su carrera.
Los exitosos trabajan para su éxito cada día. Cuidan de su empleabilidad y su márketing personal: saben que cuando lleguen los cambios, ¡será muy tarde para empezar a hacer las cosas bien!
En un mercado laboral tan dinámico como el que estamos viviendo las organizaciones están abocadas intensamente a cambiar perfiles para trabajar solo con quienes se ajustan a sus nuevas necesidades. La bonanza de la economía trae nuevos retos: el éxito es una manera de pensar y actuar donde lo principal es mantenerse vigente y competitivo, ¡cada día de la semana y sin excusas!

